Nada, nada es imposible

Por Paco de Coro

La noticia corre de boca en boca, de casa en casa, de pueblo en pueblo. De I Becchi a Morialdo, de Morialdo a Viale y a Capriglio, de Capriglio a Buttigliera, Moriondo y todo Castelnuovo, de Castelnuovo a Moncucco y hasta Chieri.
“¡Algo/
luce tan de repente que nos ciega/
pero sentimos que no luce en vano”,
dijo Claudio Rodríguez.
De repente se abre paso el mago. Es clavado al chiquillo de la Margarita, la viuda de Francisco Bosco, la del caserío I Becchi. Gritos, risas, buen rollo. Siempre ha habido una íntima conexión entre el buen humor y la alegría.
Amigo Javier, crece el público: chicos y grandes, garzones y chicas, hasta los ancianos. Muchos son los mismos que le escuchan en el establo la lectura de Los Pares de Francia.
– Ladys and gentleman –es la voz de Juan- damas y caballeros.
Los presentes notan la electricidad resinosa en el espinazo de las palabras.
José, el hermano pequeño de los Bosco, se sitúa detrás de la abuela, también Margarita y no deja de mirar y admirar a su hermano. La abuela, adunada en su sillón de mimbre, levanta el brazo derecho para llevárselo a la boca, y enviar un beso a su nieto. Mamá Margarita no desaprovecha el momento para envolver a su Juan con un guiño de ojos. Viaticado de afectos, va a iniciar la demostración. Su talla gana en el vaciado del campo y la palabra. Para él, los prados de Castelnuovo y del Piamonte todo van a tener también algo de cueva platónica, habitada de deseos y de ilusión.
– Ladys and gentleman –interpela a la multitud, acercándose ahora, o a su vez, a las narizotas de un ingenuo campesino- he aquí, he aquí, una moneda, dos, cinco… ¡un río de monedas! ¡Una lira, dos, cinco… un río de liras! ¡Este caballero es un río de liras!
Después se acerca a la cara de otro y después de soplarle con fuerza extrae un sinfín de plumas de gorrión y de paloma de sus oídos:
– Son plumas, plumas de verdad, plumas para escribir; Caballero, enhorabuena.
Así, todo precisión, coherencia.
Los chiquillos permanecen con la boca abierta y sin pestañear, ganados por la magia del mago “Boscopop”. Amigo Javier, a los niños les atraen los trabalenguas, los charlatanes sinceros, en los que intuyen un sentido secreto, pero no soportan la imprecisión, la incoherencia ni la redundancia.
Es el momento / “Garaia da”, dicen los vascos.
Ahora Juan, en medio de la algarabía y con la parsimonia solemne de un brujo se apresta, con gesto clamoroso y mucho cuento, a uno de sus trucos favoritos.
– Señora, Concetta, ¿quiere llenarnos estas cacerolas con agua?
Todos los congregados, esperanzados, hacen un silencio de novela de Agatha Cristie. La mirada de la señora se ilumina y en un abrir y cerrar de ojos las llena.
– Señora Concet… ¿Qué puede usted ver ahora? ¿Lo puede beber? ¿A qué sabe?
– ¡A vino, Gianni, a vino! ¡A Chianti! ¿O Marsala? ¡Ummm!
Según mi larga experiencia, muchos niños, todos los niños simpatizan con Juan porque lo veían como un mago que “no jugaba” a ser mago. Lo hacía en serio, claro, y ahí estaba la gracia: disfrutaba en los aprietos y metiéndoles del todo en la programación.
Mamá Margarita buscaba y rebuscaba en el índice de sus recuerdos algo que vinculara a su Juan con el término mago, pero no encontró nada. De manera que soltó un largo suspiro, prometiéndose de nuevo ser un poco más cuidadosa en el futuro con su hijo, porque era evidente que algo se le había escapado. Si se prefiere, fue el instante en que nació una curiosidad que, años después, le dictaría un gesto instintivo y memorable, el de trabajar junto a su hijo en Turín, los diez últimos años de su vida. En aquella circunstancia, en cambio se limitó a decir: Por otra parte, ya se sabe que los ríos corren hacia el mar y no al contrario (muchos de sus silogismos eran de verdad sentencias de vida).
Después, llegaba el momento de multiplicar los huevos… después abrir los bolsones del delantal de Marianna y sacar volando una paloma, dos, un palomar, Señor.
Unos reían, otros aplaudían, todos soñaban.
Al fin, les podía sorprender la luna mirándoles desde lo alto, mientras su cara de gorda feliz, palidecía más y más y más, conforme avanzaba la noche.
Océanos de suerte y de futuro se derrumbaban sobre “Boscopop”.
No se equivocaba.
Avanzó otros y otros días con resolución y elegancia sobre la cuerda, sosteniendo pequeños balancines entre aplausos y silencios tensos. Y a fe de buen piamontés exigía con naturalidad a sus seguidores un precio siempre: nunca en dinero, si en compromiso con Dios y los chiquillos más desafortunados.
Amigo Javier, como nada excita tanto como el misterio, te diré, sin embargo, que a lo mejor me he pasado un poco con la conversión del agua en vino. No pasa nada. Las cosas se suceden en progresión geométrica, primero en secreto; luego en privado; luego a la luz del día, hasta provocar esa especie de lento matrimonio entre el dato histórico, que me encuentro relatando y el afecto. No te olvides que yo conocí a San Juan Bosco con 5 años en Casbas de Huesca, en casa de mi tío Mosén Gregorio, o sea en 1947. Hace, pues, 72 años. Suficientes para interponer entre mi vida y lo que escribo una distancia magnífica que, forjada por la imaginación, primero, y colmada luego por el oficio y por la dedicación, me lleve hacia otro lugar donde aparecen mundos que no existían con anterioridad, donde todo lo que hay, que es íntimamente mío, inconfesablemente mío, vuelve así a existir, pero ya ignoto por mí, y tocado por la gracia de formas delicadísimas, como fósiles o mariposas.
Ah, se me olvidaba, yo conocí a San Juan Bosco, pero por medio de las Filminas de la SEI (hoy CCS), lo digo porque al finalizar una prédica sobre él en Salesianos Vicálvaro sobre este mismo tema, una piadosa feligresa me vino a pedir una recomendación para que entrara su nieto en el colegio puesto que según ella yo había tenido el privilegio de conocer “personalmente” al fundador de los Salesianos.

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